PORQUE ES DONDE VIVIMOS! Sobre la habitabilidad de nuestro entorno

(Capítulo publicado en el libro “Málaga como Laboratorio Urbanístico. Esbozos para el entendimiento de una habitabilidad difusa“, editado por la Fundación Málaga Desarrollo y Calidad concebido como proyecto para la reflexión sobre la naturaleza territorial de la provincia, en el que han participado varios autores como Juan Freire, ó José Seguí)

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1.

Es fácil encontrar artículos de prensa, libros, entrevistas donde a la gente se les pregunta por el territorio, donde se habla de ese concepto con vocablos técnicos y grandilocuentes….pero pocas veces nos paramos a pensar que “ese” territorio del que estamos hablando no es más que el lugar donde “nosotros” vivimos, donde habitamos.

No es un hecho abstracto e impersonal sobre el que se pueden dar opiniones ajenas a lo que acontece. Ese territorio no está vacío, ni está habitado por “otros”, en la tranquilidad de que, en todo caso, serán esos “otros” los que lo gestionen y se ocupen de él, sino que somos nosotros quienes nos responsabilizamos de él con el cuidado de nuestro habitar y quienes lo disfrutamos o sufrimos. A fin de cuentas…yo vivo aquí, en mi casa, y trabajo allí, en ese otro sitio al que llego con más o menos dificultad o, quizá, mi trabajo lo desempeñe en mi domicilio, haciendo que ese territorio sea ajeno; entonces, el territorio se hace virtual  y es en esa dimensión en la que me desenvuelvo.

Puedo tener una opinión muy elaborada y documentada sobre el entorno que lo constituye o simplemente no pensar sobre ello porque es algo que no termino de entender. Pero muy a menudo olvidamos, tanto técnicos y técnicas como personas[1], más o menos conscientes de esa dimensión territorial, que es sobre el soporte del territorio  donde unos y otros vivimos, desarrollamos nuestras actividades cotidianas o proyectamos nuestros anhelos.

En cuanto que allí se residencia, a partir de los años 50 del siglo XX, buena parte de nuestra vida, sería necesario para sus habitantes la existencia de una mirada preocupada, atenta y consciente sobre las expectativas, planes y diseños que sobre el mismo proyectan las instancias políticas, las atenciones ecológicas o los intereses económicos o comerciales,  pues a sus efectos e impactos no son ajenas las dimensiones ambientales, espaciales, paisajísticas, infraestructurales o económicas, habitacionales, que constituyen nuestra vida..

2.

Pero, ¿qué es realmente el territorio?

Una primera aproximación nos habla de una estructura compleja[2] formada por unas dimensiones geográficas, espaciales, económicas, naturales, ambientales y otras artificiales interactuadas, sobre la que se localizan los asentamientos y establecimientos humanos, que comparten su habitación con los seres de los ecosistemas o se someten a determinadas condiciones climáticas.

Nos enfrentamos por lo tanto a una situación territorial difícil de captar en su complejidad con las categorías que la Urbanística Moderna había elaborado para una situación muy diferente a la actual[3]. Mientras que en la primera parte de siglo hemos vivido un fenómeno de ampliación y crecimiento de los centros urbanos hacia el territorio, garantizándose una centralidad difusa de estos hacia las zonas periféricas y controlándose la infraestructura territorial desde las necesidades urbanas; en la segunda parte, hemos pasado a una urbanidad difusa, en la que la deslocalización y la ocupación puntual de los enclaves territoriales ha terminado por dibujar una continuidad sin centro[4]. Por ello hoy día, para comprender esta realidad es necesario emplear un modo abarcativo y complejo, capaz de poner en relación aspectos y funcionamientos fuertemente sectorializados, al hacerse evidente que la vida no es una mustancia, sino un fenómeno de auto-eco-organización extraordinariamente complejo que produce autonomía y, junto a ello, que los fenómenos socio-espaciales, -que son los que afectan a las ciudades y sus territorios-, no pueden obedecer a principios de inteligibilidad menos complejos que aquellos requeridos para los fenómenos naturales[5].

Así pues, el acercamiento a este concepto no puede ser simple ni frívolo. No deberíamos referirnos a él como una parte más de una realidad compleja, sino que es en el territorio donde se produce y residencia esa complejidad creciente de la vida. El territorio es el tapiz sobre el que se juega nuestra vida y por ello no somos ajenos a  su materialidad, ni a sus reglas y funcionamiento, ni a su pasado ni a lo que se decida o planifique sobre él.

3.

Lo más probable es que usted, que está leyendo este texto, viva en una ciudad o en un área metropolitana. Aproximadamente, la mitad de la población mundial vive actualmente en ciudades, y si nos vamos al caso de la provincia de Málaga, sólo un pequeño tanto por ciento de la población de la provincia vive en municipios de menos de 2.000 habitantes, si convenimos en definir éstas como propias de los entornos rurales[6].

Así, hablar del territorio para un “urbanita” posiblemente no tenga el mismo sentido que para una persona que vive en el entorno rural. Para el habitante de las ciudades el territorio es algo así como el “negativo” del terreno urbanizado, y en el mejor de los casos, el lugar donde se localizan idílicos asentamientos rurales y las posibilidades reales de “escapada” y “compensación” de la vida estresada de la urbe.

Pero esta visión es precisamente la más errónea. Desde que la ciudad contemporánea (postmetrópolis, ciudad posmoderna, ciudad expandida… no-ciudad) ha trascendido sus límites, el territorio ha pasado de ser el negativo entre los distintos llenos que los asentamientos o ciudades representaban en el imaginario colectivo moderno, para convertirse en el tapiz sobre el que coloniza este nuevo fenómeno urbano que aún no conocemos del todo.

El concepto de límite, en cualquier caso, ha desaparecido. ¿Dónde acaba la ciudad? ¿Dónde empieza el campo? ¿Qué es eso que anteriormente llamábamos campo?[7]

Desde luego el concepto de campo no es igual para quien encuentra en él el soporte de una forma de vida y subsistencia que para quien ve en él la promesa de una vida más sana y alejada del “urbano ruido”. De hecho, encontramos habitualmente situaciones de conflicto por presión del “urbanita” sobre el entorno rural. Cada vez más, agotados por los inconvenientes de la ciudad y sus limitaciones, una población cada vez mayor, demanda viviendas en entornos supuestamente más naturales. Pero esta demanda no acepta los atributos propios del medio rural y de su condición de soporte para una productividad propia. Así, nos encontramos con la paradoja de alegaciones al planeamiento que buscan prohibir determinadas actividades productivas en el suelo no urbanizable -que le son propias- y que se localizan cerca de esas nuevas urbanizaciones para nuevos pobladores de la ciudad, porque son vistas como molestas por éstos.

En el otro lado, encontramos cada vez más, “comunidades cerradas” proyectadas como mundos independientes, y la publicidad las anuncia como la posibilidad de un “modo de vida total” en el que aislarse de las incomodidades y los peligros de la ciudad compacta y sus espacios públicos degradados[8]. Urbanizaciones de baja densidad en la periferia de las ciudades, que ofrecen “paraísos naturales” en la corona de la ciudad.

Pero tampoco esta oferta está carente de conflictos para sus habitantes y para el resto de la ciudadanía. El coste en infraestructuras necesario para poder acceder a cada una de las viviendas, la imposibilidad de asistir con transporte público toda una extensión discontinua de urbanizaciones que colonizan los bordes de las ciudades compactas o de la Costa del Sol…generan a la postre, una clara segregación socio-espacial en función de la limitación en la movilidad.

Esta segregación puede ser positiva o negativa, dependiendo de las rentas del sector de población al que están destinados estos “paraísos naturales”. Pero incluso en el caso de ser una discriminación positiva –entendida esta como la posibilidad real y buscada de dicho aislamiento- genera problemas de movilidad en sectores de población que siempre aparecen ocultos (personas mayores, mujeres que trabajan en el servicio doméstico, personas con movilidad reducida). A fín de cuentas, la ciudad es la mayor creación del hombre por su acuerdo y consenso colectivo. Que la ciudad no sea accesible para todos y para todas, es romper las bases sobre las que se han construido el sentido y el alcance de lo urbano.

Vemos pues, como en ese límite entre lo que entendemos por ciudad y campo, entre lo compacto y lo difuso, entre lo compartido y lo aislado, encontramos múltiples  situaciones que participan de uno y otro concepto, haciendo así más difícil aún establecer ese límite. Y es que, no solo posiblemente, sino que muy probablemente, sus límites se han difuminado a partir de la inserción de fenómenos espaciales cuya lógica es extensiva y deslocalizada.

4

Así pues, en el territorio ocupado o en la ciudad extendida en el mismo, es donde el reconocimiento de sus partes se hace difícil y en donde en la presencia del continuo edificado, lo estructural se desvanece. Pero abordemos ahora la cuestión de ese territorio intermedio entre los asentamientos, o mejor aún, entre lo urbanizado. G. Clement, en su libro “El Tercer Paisaje”, establece una clasificación de los mismos. Desde luego somos conscientes que al aludir al paisaje estamos dando  un salto conceptual al proponer una lectura del territorio, pero pensamos que dicho enfoque –tal como la entiende Clement- puede ayudarnos a avanzar en la explicación de este fenómeno de la territorialización de la ciudad extensa[9].

En dicha clasificación, que desde luego parte de la consideración que en la situación contemporánea existen pocos territorios no antropizados, el primer paisaje propuesto sería el que no ha sido intervenido por el hombre, o al menos, no hasta llegar a modificarlo. Su “inercia” es mayor que la de la posible acción del hombre sobre él. Estaríamos hablando probablemente de una cantidad cada vez más reducida, casi en extinción, como la Selva del Amazonas.

Un segundo paisaje sería aquel en el que el hombre actúa para establecer o mantener unas determinadas condiciones necesarias para su mantenimiento. Estaríamos hablando en este caso del paisaje agrícola o de los parques naturales, en los que el hombre actúa para mantener determinadas características, impidiendo que sea el paisaje el que se autorregule como ecosistema autónomo, a partir de las condiciones de contorno que le afectan: presión urbana, infraestructuras, falta o exceso de agua, plagas, especies invasoras, regímenes climáticos, etc.

Finalmente tendríamos un tercer paisaje, aquel en el que el hombre no actúa. Es aquel que tiene una posibilidad real de alcanzar un equilibrio no intervenido sobre las condiciones que le afectan. Este es el único que realmente no está intervenido por el hombre, al menos durante largos periodos de tiempo. Lo encontramos en las franjas de protección de las líneas férreas o de las carreteras, en las que la intervención del hombre en el terreno agrícola no llega, por ser un suelo de diferente titularidad. También lo podemos encontrar en los solares abandonados o en los terrenos que por la especulación urbanística, han dejado de ser útiles para las actividades agropecuarias que le habían sido propias, a la espera de ser urbanizados.

En realidad, ese paisaje –intervenido o no- actúa como “vacío” entre las distintas áreas urbanizadas –que no necesariamente urbanas-, no es el idílico paisaje natural y sirve, principalmente como soporte de las infraestructuras viarias que conectan un asentamiento con otro, que son, precisamente, las que nos permiten admirar la conformación visual de esos vacíos  tan atractivos para los hombres de la ciudad[10]. Partimos pues de un territorio totalmente antropizado en el que la capa de los ecosistemas naturales o agrícolas solo es un soporte pasivo, un fondo, sobre el que establecer las demandas de energía o suelo de un proceso técnico de artificialización ya imparable.[11]

5.

Toda implantación de un asentamiento humano en el territorio tiene su propia técnica. Las implantaciones actuales responden a una acción de demanda de energía y suelo y cierran una larga cadena de transformaciones  continuadas de la civilización humana sobre la Tierra.[12]

Es posible que conociendo cómo fueron los procesos anteriores de instalación y antropización del territorio lleguemos a comprender cómo las  preexistencias han actuado consecutivamente en cada una de las transformaciones posteriores y así poder identificar en qué consisten los nuevos procesos de urbanización. Con esta visión global del proceso de antropización, podremos comparar los distintos modos presentes en la definición de la estructura actual, y, de esta forma, proponer estrategias de actuación que corrijan los posibles problemas que estos generan, a la vez que incorporar dichas preexistencia como recurso patrimonial del presente.[13]

En un primer momento preclásico, el hombre se desplaza en pequeñas hordas por un territorio salvaje y hostil, con el objetivo de abrir un espacio de subsistencia propio, asegurando en su desplazamiento la obtención de alimentos, cobijo y herramientas: Los yacimientos líticos le suministraban la materia prima para comenzar a elaborar herramientas fruto de una incipiente tecnología. En estos desplazamientos, el hombre encuentra en las cumbres la posibilidad de un recorrido isoclino y con posibilidad de una visión global del territorio que le permitía anticiparse a los ataques de los animales salvajes e identificar los lugares a los que quería llegar, esos recorridos constituirán el primer sistema de georeferenciación y dominio espacial de la naturaleza .[14]

En este movimiento continuo por un entorno natural amenazante a lo largo de miles de años, el hombre fue estableciendo recorridos de acceso a los lechos de los ríos y a los valles a los que accedía puntualmente para cazar o para obtener agua. Cuando estos primeros hombres comenzaron a desarrollar una cultura funeraria ritual, fue en los márgenes de estos accesos donde establecieron los primeros asentamientos no permanentes, denominados asentamientos de túmulo. Antequera es un ejemplo de este tipo de asentamientos, que con el paso del tiempo y el desarrollo de una actividad agrícola por el hombre, se convirtieron en estacionales en un principio y en definitivos más tarde.

A través de los valles, el hombre llega al mar y desde allí comienza a descubrir este medio desarrollando nuevas técnicas navales: es el inicio de la civilización clásica. Tengamos en cuenta que la ciudad de Málaga, por ejemplo, no fue fundada en realidad por los fenicios, sino que fue refundada, ya que cuando éstos llegaron a su solar, este ya se encontraba ocupado por pobladores que habían llegado desde esos caminos (crinales) que estructuraban antropológicamente el medio natural del interior.

Hay que considerar que en un territorio tan abrupto como el de la provincia de Málaga, los caminos que se fueron definiendo eran determinantes para una estructura topográfica  que aún perdura. No es hasta muy recientemente cuando una técnica muy desarrollada nos ha permitido violentar esas barreras naturales y, por ello, la red de caminos interiores los ha mantenido como los únicos accesos a los recorridos desde el interior hasta la costa.  Por ello, dichas preexistencias tienen un carácter estructurante incluso hoy en día y constituyen un valor patrimonial y ecológico de primer orden.

La primera técnica capaz de responder a una concepción integral de la movilidad fue la de la civilización romana. Ella consiguió alcanzar un nivel movilidad que se superpuso a la estructura de caminos existentes, potenciándola y abriendo accesos alternativos. Con ella se impuso un nuevo orden basado en la propiedad privada, la moneda y el establecimiento de una clase urbana preeminente sobre las demás, junto a la necesidad de establecer una estructura territorial sobre la que ejercer el dominio y la administración del Estado. Todas estas circunstancias generaron una estructura territorial, la centuriato, que colonizó el medio natural a partir de una organización técnica basada en la gestión administrativa del mismo, constituyéndolo como la base productiva de la riqueza y de la economía romana. Es en función de esta nueva lógica administrativa y de poder, que se fueron creando nuevos asentamientos en  la cercanía de las ciudades o ligadas a determinadas infraestructuras, explotaciones mineras, comerciales o pesqueras o en  las encrucijadas de las redes. Con ello, se rompe una lógica de ocupación basada en el dominio en altura del medio, por otra de ocupación que atiende a un desarrollo autónomo propio, capaz de pasar por encima de los condicionantes naturales.

Prácticamente este sistema de estructuración del territorio apenas varía en los siglos siguientes, si bien se produjeron mejoras de los caminos existentes y correcciones de determinados trazados para poder ser  utilizado por vehículos de rueda.

Esta situación se vio fundamentalmente alterada en el siglo XIX por la llegada de la industrialización y el ferrocarril. Con ellos, la definición de una estructura territorial y el establecimiento de unos tiempos en lugar de unas distancias, cuya razón de ser no era la propia del territorio, ni de la gestión del mismo, sino que era una decisión estatal ajena a toda lógica propia al territorio. Así, sobre el territorio anterior se insertaba una nueva estructura que modificaba radicalmente su comprensión. Este proceso se desarrolla a lo largo del siglo XX con la definición de una estructura territorial con base en la construcción de infraestructuras viarias y de comunicación, fundamentalmente autovías, puertos, aeropuertos, puertos secos, etc, que han comprimido el espacio hasta convertirlo en algo desdeñable en tan solo dos generaciones. Un cambio que ha transformado los espacios en residuales y negativos, algo a superar, no a eliminar.

En la actualidad, con la segunda globalización o globalización digital[15], asistimos a la aparición y los efectos de una nueva estructura: la de las telecomunicaciones, que se superpone en el territorio, a todas las anteriores. Las nuevas  Tecnologías de la Comunicación y la Información (TIC), han generado un nuevo espacio social en el que el hombre puede actuar, intervenir y comunicarse a distancia en tiempo real. Telépolis[16] es la ciudad que convive con la estructura urbana, pero también, y principalmente con la territorial. Esta “Tercera Piel” ha configurado una verdadera Aldea Global, y hoy la Sociedad de Consumo tiene un alcance planetario, aunque indudablemente no participen por igual en esta “fiesta” las poblaciones centrales y periféricas, o las urbano-metropolitanas y las rurales e indígenas[17].

Así, es posible, para la nueva clase creativa [18], seleccionar el lugar donde se vive, en función de la localización de un determinado asentamiento con base en esta nueva estructura que determina el territorio. En otras palabras, lo que antes podía suponer un espacio residual (la periferia urbana con sus problemas de conexión con la ciudad consolidada, el entorno rural, las urbanizaciones satélites) o un entorno de ciudad compacta pero obsolescente, puede convertirse ahora, para esta nueva clase creativa, en el lugar perfecto donde asentarse. Así, nuevos valores como el silencio, el paisaje, el aislamiento, o valores culturales y patrimoniales, pueden ser el objetivo prioritario de una determinada población que encuentra en la infraestructura de esta “tercera piel” la base sobre la que establecerse.

Esto lo podemos comprobar fácilmente en Málaga, donde la Costa del Sol, pero también la Axarquía y muchos pueblos del interior, han sido elegidos como destino definitivo, no sólo de los acomodados europeos jubilados, sino de profesionales creativos y directivos desterritorializados que han encontrado en la provincia de Málaga nuevos valores para la elección de un lugar para ser habitado.

Pero si vamos más allá en el desvelamiento de esta realidad, nos daremos cuenta de que esta localización desterritorializada, este habitar de una población que comparte un determinado modo de vida, trae consigo –y precisamente por este modo de vida en la ciudad Telépolis- la necesidad de una relación tangible con lo local, en este territorio extenso y residual.

Después de que las distancias no parece que están ahí más que para ser superadas, después de que las culturas nacionales sólo perduren ya para mezclarse con otras tradiciones, después de que todas las superficies terráqueas sólo representen ya las correspondencias inmóviles para sus elegantes recopilaciones en tomas aéreas y mapas geográficos, desde que el espacio como tal sólo significa ya la nada entre dos lugares de trabajo electrónicos…es previsible la dirección que tomará la resistencia contra esas des-realizaciones: la cultura de la presencia tiene que volver a hacer valer más pronto que tarde, reforzados, sus derechos frente a la cultura de la representación o el recuerdo. La vivencia de lo extenso ha de defenderse frente a los efectos de las compresiones, reducciones y sobrevuelos (…), así el espacio comprimido tiene que ser  acoplado también a vivencias naturales de extensión para no desaparecer del todo en procesos secundarios.(…) El nuevo pensamiento del espacio es la rebelión frente al mundo contraído. El redescubrimiento de la lentitud va unido al de la extensión local.[19]

Podríamos afirmar[20], que la inercia insuperable del concepto “territorio” es su dimensión temporal, de transformación y movilización socio-cultural. La historia del territorio es la historia de las diversas formas de movilización en el espacio.

Así, cuando la ciudad ha roto sus límites de contención del espacio, cuando las infraestructuras de la Modernidad han comprimido el territorio, el encuentro de una con otro han producido una mutación sólo comprensible con la mirada -protésica[21]– que la globalización digital nos otorga. La ciudad se ha expandido, el territorio se ha comprimido. Ya no se puede entender el uno sin el otro, y en consecuencia, la vivencia de la ciudad (la que la mayoría de nosotros experimentamos en el día a día), se ha convertido así en la vivencia del territorio.

6.

En este punto cabe preguntarse de qué manera las técnicas urbanísticas actuales están respondiendo a este problema complejo y de difícil comprensión. Y es que la dificultad para comprender esta complejidad se apoya entre otras cuestiones fundamentales, en el hecho de que nos hallemos inmersos en un proceso de cambio sin precedentes en el que la velocidad vertiginosa de dichos cambios hacen que las propuestas en materia de planificación urbanística o territorial no perduren el tiempo suficiente para servir de marco de referencia al territorio que ordenan o pretenden ordenar. Esta “liquidez” del marco jurídico, normativo, doctrinal incluso, se ve afectada y en gran medida en un sentido de ida y vuelta, por unos intereses que ya no están tan definidos como en épocas anteriores en las que se podían identificar en agentes políticos o administrativos, promotores representando al capital, técnicos y ciudadanía.

En un momento de profundo cambio social, cultural, político y tecnológico, aparecen nuevos protagonistas en un escenario que cambia a la velocidad de los bites y en el que se juega la partida de un nuevo poder mucho más etéreo y menos reconocible. El poder financiero, el poder de los “mass media”, el poder de los organismos no gubernamentales, el poder de las asociaciones de todo tipo y con toda clase de objetivos…todo ello en la Sociedad del Consumo y la Información, y con la tecnología como base y lenguaje para la confrontación.

Este escenario anuncia una realidad demostrada: los métodos de proyectación y ordenación recientes no tienen capacidad para dar respuesta a la problemática de un territorio diverso, complejo y en profundo proceso de mutación.

Hasta el inicio de la década de los años 90, España tuvo que afrontar la dura tarea de incorporarse a un proceso de modernización y adaptación al modelo europeo del Estado del Bienestar. Cuando ya en otros países de la unión europea se estaban produciendo procesos de desregulación manifiestos, en España se tuvo que apostar por una carrera contra reloj que nos permitiese igualarnos a una Europa de la que habíamos estado exilados durante las décadas más decisivas de la modernidad. Este proceso no se pudo realizar sino obteniendo plusvalías rápidas de la construcción del territorio propio. Así, los mecanismos de producción de ciudad que eran finalmente los Planes Generales, sirvieron en muchos casos para redefinir una ciudad desdibujada e indefinida, resultado de la laxitud de una administración que no cumplió su cometido de control sobre la ciudad. Pero también sirvieron para producir en muchos casos, las plusvalías necesarias para igualar un país retrasado y aislado al estado de confort de los países europeos a los que ya por fín, pertenecíamos.

Así, con mayor o menor suerte (y en el caso de la ciudad de Málaga, con un gran acierto en su entendimiento de la ciudad heredada y de sus procesos de construcción social a través de su Plan de 1983), esta generación de Planes Generales, funcionaron en muchos casos como Planes de Ensanche en cuanto a su entendimiento del territorio como el papel en blanco sobre el que poder proyectar la nueva ciudad. A pesar de existir, ya desde la primera ley del suelo de 1956, una estructura de planeamiento en cascada[22], lo cierto es que no es hasta bien entrada la década de los 90 cuando empieza a producirse una reflexión normativa sobre la cuestión del territorio, y en el caso de Andalucía, no es hasta el siglo XXI que se presenta el primer Plan de Ordenación del Territorio de Andalucía. Así mismo, el primer Plan Subregional (Plan de Ordenación del Territorio de la Costa del Sol Occidental) de la Comunidad Autónoma no se aprueba hasta 2006, produciéndose más tarde la aprobación del Plan de Ordenación del Territorio de la Costa del Sol Oriental-Axarquía y el de la Aglomeración Urbana del Área Metropolitana de Málaga.

Para cuando estas reflexiones se han producido, el territorio ya ha sido ocupado por una lógica desconocida y compleja a la que un método clásico de análisis y diagnóstico, ya no puede responder. Y lo que es más, a medida que nos acercamos a la definición de un modelo territorial, este ya ha mutado…

El tiempo es así un factor clave que altera toda aproximación disciplinar clásica al hecho territorial, como la nueva condición de urbanidad. Parece poco probable que un documento que tarda cuatro o cinco años en redactarse y otros pocos en aprobarse definitivamente, tenga capacidad real de articular el espacio que pretende ordenar (ya sea a nivel autonómico, subregional o municipal).

A estas alturas ya sabemos que las nuevas técnicas de información y comunicación (TIC), son el soporte real en el que se están formulando los nuevos paradigmas de la sociedad en red. Una sociedad que genera problemas en la Aldea Global pero que los debe resolver a nivel local. Una sociedad que quiere representarse en un nuevo espacio, el virtual, y que quiere participar en las decisiones que le afectan.

El problema al que nos enfrentamos es que la política ya no vertebra, ya no es acuerdo, mientras que existe un urbanismo emergente[23] que demanda nuevas formas de acercamiento y participación en la ciudad que no podemos obviar. Parece que el primer impulso de movimientos vecinales que tan activamente participaron en la definición de la ciudad en los años 80, hubiese quedado en nada. Tan sólo una tímida participación ciudadana en forma de alegaciones fácilmente refutables en los tiempos de exposición al público de los distintos documentos de planificación…esta es la (por otra parte muy cómoda para la Administración actuante) única participación real.

Pero el territorio debe tener una construcción participada y por lo tanto, se trataría de  abrir un proceso en el que las distintas y diferenciadas aportaciones de una reflexión transdisciplinar, encuentren soportes materiales capaces de concitar propuestas que puedan ser asumidas por los diferentes agentes sociales e institucionales, como ocasión de consenso y proyectación del territorio sobre el que actúan.

7.

Volvemos con ello al comienzo.  ¿Por qué debe preocuparnos el territorio?

Porque más allá de ser el soporte en el que nos situamos, es el lugar en que habitamos. Porque donde se habita, cosas, simbiontes y personas se unen formando sistemas locales solidarios[24]. Y finalmente porque la experiencia humana se constituye a partir de un sistema de lugares, allí donde la vida se produce. Cuando se echan raíces en un determinado lugar, cuando este lugar es habitado, el hombre se extiende en el espacio gracias a las resonancias de lo local. Y este extenderse significa  comprometerse con la situación propia, con el territorio que se habita. Es por ello fundamental, ser conscientes de la importancia de tomar posición en la responsabilidad que como ciudadanos del territorio de la provincia de Málaga, tenemos.

Pero si es cierto que la ciudad y el territorio –como esa nueva condición de urbanidad- adolecen de problemas generados globalmente, puesto que siguen siendo locales y  porque están destinados a permanecer como tales en el futuro próximo, los organismos políticos que operan en el espacio urbano -y en el territorial[25]– en el escenario donde día a día se representa el drama de la política, suelen adolecer de falta de poder para actuar, y en particular del tipo de poder que les permitiría actuar con eficiencia y soberanía. La otra cara de esta relativa desautorización de la política local es la escasez de política en el ciberespacio extraterritorial, el terreno de juego del poder real[26].

Por ello, la apuesta real de este trabajo es, precisamente poner de manifiesto esta situación, en la que todos estamos implicados, pues aislarse de ella, rechazar su conocimiento constituye un peligro real.

Simplemente pretendemos hacernos conscientes del proceso que se está produciendo. Ser conscientes de la necesidad de establecer estrategias de divulgación y participación para que una “revisión” de nuestro territorio sea posible. Este –creemos-, es el objetivo de este esfuerzo colectivo.


[1] En la elección de esta última palabra hay toda una reflexión sobre la posibilidad de dirigirme a los habitantes de este territorio, en el que nos unimos por nuestra condición de ciudadanos, individuos, usuarios o sujetos.

[2] Con ello, estaríamos introduciendo una visión sistémica del mismo; es decir, el territorio como un sistema, caracterizado por un conjunto de partes o de capas  interactuadas que producen una determinada apariencia fenomenológica. Véase, los trabajos de Salvador Rueda, que pueden ser un claro ejemplo de este enfoque. Así,  cuando hablamos de estructura compleja no queremos decir que se trate de una estructura complicada o difícilmente conocible, sino de un modo de pensar y concebir la realidad que pertenece a nuestra existencia actual y a nuestra forma de movernos en su mundo. Véase E. Morin, Introducción al pensamiento complejo. Gedisa: Barcelona 1996.

[3] Véase a este propósito el diagnóstico realizado por B. Secchi en 1986 en la revista Casabella, titulado “Las condiciones han cambiado”, en él se comparan los dos momentos por los que ha pasado en pleno siglo XX la estructuración territorial y urbana de Europa, situaciones que aparecen como antitéticas y enfrentadas en su generación y resultados, demandando categorías e instrumentaciones muy distintas para intervenir en una y otra. En el ámbito de lo categorial, desde donde se proponen los conceptos modernos con los que enfrentarse al mundo, sabemos que  todo conocimiento opera mediante la selección de unos datos significativos y el rechazo de otros que lo son menos –y con ello distingue y desarticula-; por otra parte, centraliza en función de un núcleo de nociones maestras. Así pues, vivimos bajo el imperio de los principios de disyunción, reducción y abstracción cuyo conjunto constituye el “paradigma de la simplificación” tal como formuló Descartes y que rige desde el siglo XVII en Occidente.  La única manera de remediar esta disyunción fue a través de otra simplificación: la reducción de lo complejo a lo simple (reducción de lo biológico a lo físico, de lo humano a lo biológico, y en la ciudad y el territorio, de sus procesos a las ciencias sectoriales).

[4] Véase el diagnóstico de M. cacciari en Nómada prisioneros, en la revista Casabella, en la que se cierra una larga reflexión del autor sobre la nueva organización territorializada de los asentamientos humanos.

[5] E. Morin, Tierra Patria. Kairós: Barcelona 1996

[6] Aunque existe mucha controversia sobre este asunto, hemos establecido este valor como valor límite ya que es en los municipios de menos de 2.000 habitantes donde la Diputación de Málaga realiza su mayor labor, al disponer los de mayor población de más recursos propios. Téngase en cuenta en este sentido, que si hablásemos de territorios más al norte de nuestro propio país, este límite no sería probablemente válido, ya que el ratio de población en los asentamientos del entorno rural es mucho menor que en el sur.

[7] Es la definición de estos espacios fronterizos un factor estructural para cualquier cultura, por ello las ciencias humanas –a partir del “retorno del espacio”- han investigado estos fenómenos comparativamente. Véase K. Schlögel, En el espacio leemos el tiempo. Siruela. Madrid 2007.

[8] Z. Bauman. Tiempos líquidos. Tusquets: Barcelona  2007.

[9] Pero es que de eso se trata. Sospechamos que la categoría ahora tan al uso de paisaje, responde como otras muchas introducida en el campo de los estudios socioespaciales a una necesidad de transversalidad, que las conceptualizaciones anteriores no permitían. Véase J. Ojada y L. Castro Nogueira, en la entrevista realizada en la revista Ciudad Viva. 2007

[10] En este sentido podemos aludir a lo que ha supuesto para el territorio de Andalucía la apertura de los corredores de alta velocidad, que seccionan a una estructura agrícola existente permitiéndonos atravesar su diversidad en un único recorrido transversal. La geografía imaginaria que ello comporta afecta definitivamente a lo que hasta ahora habían sido lecturas endógenas de la estructura territorial de las comarcas o de los paisajes naturales o culturales. Véase los trabajos del MARPH sobre el Valle del Guadalquivir o su aplicación metodológica en el trabajo del IAPH sobre corredores culturales.

[11] Hasta el punto de haberse convertido en un gran interior humano, como nos dice P. Sloterdijk, o en un espacio cultural del espectáculo, como establecen Jl. Pardo o G. Lipovestky.

[12] En una conferencia celebrada en Mayo de 2011 en Madrid, Saskia Sassen ha planteado la necesidad de elaborar nuevas cartografías capaces de describir los fenómenos que informan los nuevos territorios.

[13] Hay varios estudios, abordados desde diferentes perspectivas, que comparan las diferentes transformaciones a lo largo de 5000 n años de antropización. Véase por ejemplo: G. y H. Böhme, Fuego, Agua, Tierra, Aire. Una historia cultural de los elementos. Herder: Madrid 1998; P. Slotredijj, Esferas I-III. Siruela: Madrid 2003-2009 y K. Schlögel, En el espacio leemos el tiempo. Sobre Historia de la civilización y Geopolítica. Siruela: Madrid 2007

[14] Es muy interesante comprobar como Derrida, siguiendo a Bataille, se ha interesado al hablar de los fundamentos de la arquitectura de este momento y las conclusiones a las que llega. Véase J. Derrida, No escribo sin luz artificial. Uno: Madrid 1998

[15] La primera globalización sería según Peter Sloterdijk, la globalización terrestre, que permite al hombre proponer –en sucesivas circunvalaciones marítimas a la Tierra, coronadas por el viaje de Magallanes- una comprensión completa de la misma. En el mundo interior del Capital, Siruela, Madrid 2007, la globalización terrestre, que permite al hombre aprehender con su circunvalación terrestre en el viaje de Magallanes, la comprensión completa del mundo físico.

[16] Javier Echevarría, Los Señores del Aire: Telépolis y el Tercer Entorno, Destino, Madrid 1999, establece la división de la realidad humana actual en torno a tres conceptos o entornos: E1: naturaleza-cuerpo; E2: ciudad-sociedad; E3: telecomunicaciones-red.

[17] Véase Ramón Fernández Durán, Tercera Piel: sociedad de la imagen y conquista del alma, Virus, Barcelona, 2010.

[18] Dice Richard Florida, en Las Ciudades Creativas, Paidos, Barcelona 2009, que la clase creativa está formada por una élite profesional atraída por un ambiente urbano, tolerante y lleno de talento en el que la tecnología es la base del desarrollo cultural y de la información.

[19] Peter Sloterdijk, op. Cit. 2007.

[20] En contraposición a la afirmación que Massimo Cacciari en el artículo Nómadas Prisioneros, publicado en la revista Casabella nº 705 pag 4-7 de 2002, hace respecto al hecho de que la complejidad de la ciudad es atribuible, entre otros factores, a la inercia insuperable de su dimensión espacial respecto a los factores de transformación y de movilización socio-culturales. Según Cacciari, la historia de la ciudad es la historia de las diversas formas de organización del espacio.

[21] Prótesis aquí en cuanto régimen técnico del que se sirve nuestro cuerpo para el vivir cotidiano.

[22] Estructura de Planes que pasaban de la escala nacional a la de detalle, pasando por los planes territoriales, subregionales, municipales y planes parciales.

[23] Juan Freire. http://nomada.blogs.com. En este blog Juan Freire reflexiona insistentemente sobre la necesidad de implementar la visión física de la ciudad con una visión tecnológica que nos permita establecer procesos de participación de “abajo-arriba” en lugar de “arriba-abajo”.

[24] Peter Sloterdijk, En el Mundo Interior del Capital, Siruela, Madrid, 2007.

[25] Entendiendo aquí la inercia espacial respecto de lo urbano y la temporal respecto del territorio, aunque sin límites reales entre uno y otro.

[26] Z. Bauman. Tiempos Líquidos. Tusquets. Barcelona, 2007.

(*) La redacción de este artículo es puramente divulgativa. Puedes compartirlo en cualquier medio siempre y cuando cites el lugar donde lo has encontrado.

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