MUJER, CIUDAD, PLANEAMIENTO; O LO QUE EL LENGUAJE OCULTA. (La perspectiva de género en el urbanismo)

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(Artículo incluído en el número 13/2014 “MUJER Y CULTURA” de la revista anual “Sociedad- Boletín de la Sociedad de Amigos de la Cultura de Velez-Málaga” publicado por CEDMA y con número de ISBN: 1699-4264)

El concepto de “urbanismo con perspectiva de género” se está convirtiendo desde hace unos años, en un lugar común para muchos debates sobre la ciudad y sobre el modo en que ésta es proyectada y sobre todo gestionada. El ámbito legislativo se está haciendo eco de esta nueva sensibilidad, y en el caso de Andalucía, la Ley 2/2012 de Modificación de la Ley 7/2002 de 17 de diciembre de Ordenación Urbanística de Andalucía, ha incorporado dos apartados en el artículo 3, que hacen referencia a la igualdad de oportunidades entre hombres y mujeres.

Art.3.1.h) Integrar el principio, reconocido en el artículo 14 del Estatuto de Autonomía para Andalucía, de igualdad de oportunidades entre mujeres y hombres, sin que pueda prevalecer discriminación alguna por razón de nacimiento, raza, sexo, religión, opinión o cualquier otra condición o circunstancia personal o social, en la planificación de la actividad urbanística.
Art.3.2.i) La promoción de la igualdad de género, teniendo en cuenta las diferencias entre mujeres y hombres en cuanto al acceso y uso de los espacios, infraestructuras y equipamientos urbanos, garantizando una adecuada gestión para atender a las necesidades de mujeres y hombres.

Esta novedad genera en muchos casos desconcierto, sobre todo entre quienes deben aplicar la ley, pues se topan con un lenguaje ajeno a una disciplina técnica históricamente relacionada con el objetivo de mejorar las condiciones materiales de la ciudad, y que utiliza las herramientas técnicas y jurídicas para alcanzarlo. El debate genera tanta filiación como rechazo y es posible que sea la falta de reflexión sobre las referencias propias y ajenas lo que produzca esta discusión.

Es habitual aproximarse a la cuestión de género en el urbanismo desde una perspectiva feminista, y esto suele ser un asunto problemático. El feminismo es un concepto poliédrico que en sí mismo, suele provocar controversias si no se establecen claramente las posiciones de partida. Existe en este concepto una dimensión sociológica que nace con la ilustración, cuando el sujeto histórico burgués que desea diferenciarse tanto del noble como del campesino, encuentra en el modo de vida urbano una opción alternativa. Pero esta nueva posición debía definirse en el ámbito del derecho y conquistarse en el espacio urbano. El sujeto burgués basó su identidad en la falta de la misma. Debía dejarse al margen de la vida pública todo lo contingente, todo lo que condicionaba tanto los privilegios del clero o la nobleza, como las limitaciones del campesinado o los gremios artesanales. Esta era la base de una vida pública que también aspiraba a representarse en un espacio público diferente a aquel en el que tradicionalmente la corte se había escenificado. El sujeto histórico burgués se definió a sí mismo con base en los conceptos de igualdad, libertad y derecho, y conquistó la diferenciación del ámbito público y del privado, tanto en lo personal como en lo espacial. La ciudad se llenó entonces de espacios para la actividad productiva, la representación administrativa y la relación social, mientras que lo contingente, aquello que definía en lo más íntimo a cada individuo, se ocultó en el ámbito doméstico. Cuando las mujeres comprendieron que la igualdad promulgada lo era sólo para los hombres, surgió la reivindicación de igualdad también para ellas.

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Fig 1: Caillebotte. La ventana

Pero el feminismo tiene también una dimensión filosófica, que por alojarse en ámbitos académicos e intelectuales, a veces no llega con facilidad a los debates feministas de base. En este sentido, es necesario decir que no existe un feminismo, sino muchos feminismos. Tantos como intelectuales y corrientes de pensamiento se den en cada momento histórico (1) . Suele ser una crítica habitual de quienes rechazan el feminismo, que ni las propias feministas se ponen de acuerdo entre ellas, como si fuese posible o necesario poner de acuerdo a todos quienes se dedican a la filosofía. Esta consciencia de la condición filosófica del feminismo como concepto abierto y dinámico tampoco suele ser habitual en el interior de la acción feminista, lo que con frecuencia provoca enfrentamientos. No obstante, es importante reconocer la fundamental aportación que las posiciones filosóficas feministas están realizando al pensamiento filosófico en las últimas décadas. A las iniciales posiciones de los años 60 y 70 acerca del feminismo de la igualdad o de la diferencia, se incorporaron en los 80 una suerte de aproximaciones poliédricas sobre la diferencia, que ponen en tela de juicio el propio concepto de género como construcción social basado en el binomio hombre/mujer. Bajo el calificativo de “feminismos de cuarta ola” surgen nuevas teorías como la “queer” de Judith Butler (2) o la “ciberfeminista” de Eve Kosofsky (3). En este siglo XXI, intelectuales como Beatriz Preciado proponen una explícita crítica al concepto de género acuñado por Money (4), al considerarlo como un instrumento de la racionalización de la vida en la que el cuerpo no es más que un parámetro.

Pero además de la dimensión reivindicativa y la filosófica, el feminismo tiene también una dimensión vital. No es fácil para los hombres ni tampoco para las mujeres, ser conscientes de la dimensión patriarcal de nuestra cultura y educación. Somos seres lingüísticos, y sólo cuando somos capaces de reconocer las categorías de nuestro lenguaje podemos analizar el sistema en el que nos hallamos desde una perspectiva crítica. Normalmente este proceso es largo y el vértigo que produce la descomposición lingüística de nuestro mundo causa una importante dosis de sufrimiento.

Así pues, la aproximación al concepto de “urbanismo con perspectiva de género” es cuanto menos, una cuestión que exige una reflexión previa de las referencias propias y ajenas. La posición del presente acercamiento a este concepto se sitúa en la tercera dimensión propuesta, la vital, si bien se parte del conocimiento y la investigación de las otras dos dimensiones expuestas (5) .

Desde estas coordenadas, el planteo que aquí se trae se basa en una visión diacrónica de la relación histórica entre la mujer –y no tanto la construcción del concepto “género”- y la ciudad, pero con el objetivo de revelar las categorías lingüísticas que se ocultan en el urbanismo como disciplina y en la planificación como método para diseñar y gestionar las ciudades contemporáneas.

Para ello debemos comenzar por el principio, por la construcción de la ciudad como máquina aceleradora de la evolución del conocimiento y el desarrollo de tecnologías por la especie humana. Antes de ese momento, hubo otro, en el que la humanidad transitó por un territorio desconocido reconociéndolo y participando de él. En la etapa nómada de la humanidad, la mujer jugaba un papel fundamental como procreadora y garante de la continuidad de la horda. La subsistencia del grupo la garantizaba el nacimiento de niñas, y el cuidado de la mujer y de las criaturas por ellas alumbradas era el objetivo de la política del ser humano paleolítico.

“La paleolítica envuelve, con el más exquisito de los cuidados, el interior sensible de la incubadora; y como tal –tan lejos como llegan nuestros conocimientos- se consederaba en todas partes a las madres con hijos pequeños. En cierto sentido, la “sociedad” no es ás que la “envoltura” piscofísica alrededor de la esfera en la que madre e hijo repiten el misterio de la vivificación humana. Si quisiéramos hablar más técnicamente, tendríamos que decir que el territorio madre-hijo fue, junto a aquella hoguera visible, el foco de inspiración de todos los grupos humanos de la antigüedad; y el favorecimiento de la vida, su “idea” demiúrgica.”(Sloterdijk, 1994, p. 33)
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Fig 2: Venus de Laussel

En aquel momento de nuestra prehistoria, la mujer era considerada el bien raíz por el cual toda la comunidad organizaba su estrategia de vida y supervivencia.

Cuando en el neolítico, el ser humano se asienta en el territorio que cultivaba y en el que alimentaba su ganado, las ciudades se convierten en el centro de la vida social de comunidades más amplias y más complejas. En ellas, la especialización llevó a una sofisticación de las funciones sociales –apareciendo nuevas actividades como la organización administrativa de la comunidad, el control social de la dimensión espiritual a través de la religión o la normalización de la violencia a través del ejército-, y su reflejo en el ámbito espacial –con la creación de nuevas edificaciones que representaban el poder, o que permitían el desarrollo técnico de nuevas actividades productivas-. En este momento, cuando los excedentes alimentarios y el aumento de la población en las ciudades hace que el objetivo de la supervivencia de la especie se desplace al del mantenimiento del sistema urbano de dominio territorial, el bien raíz deja de ser la mujer para convertirse en el suelo.

“Hacia el sétimo milenio a C. se producen los asentamientos urbanos, y se inician en relación con ellos los sistemas de economía de producción, que se toman como referencia para señalar los comienzos del neolítico. A partir de entonces, no cesa el incremento demográfico, la vida media de las poblaciones se empieza a alargar y se acerca a los cuarenta años. Empieza a haber excedentes de producción, división del trabajo y clases sociales. Empieza a haber guerras, es decir, actividades bélicas ejecutadas por individuos especializados, con semanas o meses de duración, con presupuesto, etc., empieza a haber prisioneros de guerra y empieza a haber esclavitud, porque con el desarrollo de la agricultura, un esclavo produce más de lo que consume y compensa tenerlo. Entonces es cuando la mujer deja de ser el bien raíz y pasa a serlo la tierra.” (Choza, 2009, p. 70)

La base de la producción agrícola pero también de la obtención de los recursos naturales y energéticos necesarios para el mantenimiento y desarrollo del modo de vida urbano, se convierte en el objeto de defensa de la comunidad, aquel en torno al cual la vida social se organiza. Es aquí cuando comienza una nueva forma de relación entre la mujer y la humanidad urbana.A lo largo de los siglos, y refiriéndonos siempre a la historia euro-mediterránea, esta relación fue estableciendo complejos mecanismos de control sobre las mujeres. Cuando las luchas intestinas por el control sobre el territorio durante la Edad Media hicieron que miles de hombres perdieran la vida en guerras y disputas territoriales, garantizar la continuidad del linaje de sangre hizo necesario establecer medidas de control sobre la reproducción. En este momento el matrimonio y sus capitulaciones legales, se convirtieron en una forma de dominio de la sexualidad y el cuerpo de la mujer, pues la garantía de una herencia segura era la base del vínculo entre la tierra y el hombre.

Con la ilustración el hombre urbano conquistó la individualidad y la objetivación de su condición, mientras que la mujer quedó relegada al dominio de quien había conseguido dominar el entorno, las ideas y las normas. Surge aquí el feminismo en su dimensión reivindicativa. (Amorós, 2000).

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Fig 3: Mujeres sufragistas

Pero este dominio del hombre en los aspectos sociales de la vida urbana, también tuvo su correlato en el dominio de un modo específico de ocupar el espacio. La dimensión pública del hombre, la individual y objetivable, aquella en la que la norma era la garantía de un trato igualitario para la formalización de contratos de toda índole, requería de un espacio específico. La ciudad se organizó entonces segregando los usos productivos –industrias, comercios, mercados-, administrativos y representativos –edificios institucionales, administrativos, entidades financieras, clubes y asociaciones -, dotacionales –colegios, hospitales, cárceles, museos, iglesias-, de servicios –estaciones de transporte, centrales de energía, gestión de residuos, saneamiento-, y domésticos –áreas y barrios residenciales-. Esta organización del espacio se fue produciendo primero de una manera informal, generando graves problemas de congestión y organización de la ciudad histórica. Más tarde, a mediados del siglo XIX comenzó a tratarse desde una perspectiva técnica, incorporando a la disciplina del urbanismo la planificación como método científico para afrontar tanto las remodelaciones como los nuevos crecimientos urbanos, que ahora eran exponenciales.

Las propuestas que se plantearon durante todo el siglo XIX y sobre todo el siglo XX fueron múltiples y abarcaron diversos enfoques, dependiendo de la problemática que debían abordar. No era lo mismo el problema de higiene que afectaba a las principales ciudades industriales europeas y norteamericanas, que el problema de falta de vivienda en Europa tras la devastación de la II Guerra Mundial. No es este el lugar para realizar una revisión sobre las distintas aportaciones y la evolución que el urbanismo como disciplina ha experimentado a lo largo de los últimos 200 años, pero sí es importante evidenciar la importancia de las decisiones que quienes tuvieron capacidad de proyectar y decidir el modelo de crecimiento o intervención, tuvieron para la vida cotidiana de las personas que habitaban y habitamos las ciudades. Aceptado este hecho, la capacidad que el urbanismo en tanto que método de planificación de la forma de la ciudad ha tenido sobre el devenir del modo de vida urbano en los últimos dos siglos, podemos entonces abordar la cuestión que nos interesa reseñar.

Quienes tomaron decisiones, quienes propusieron y quienes ejecutaron la forma de la ciudad creando con ello un modo de vida específico diferente del que había antes de esta etapa de planificación, fueron en todo caso hombres que practicaban un modo de vida de hombres. Desde la intervención higienista del varón Haussman en París hasta la eco-ciudad en el desierto de Dubai de Norman Foster, pasando por la ciudad para tres mil habitantes de Le Corbusier, las aportaciones más significativas en lo que a modelos de ciudad se refiere han estado siempre dirigidos y orientados por una visión del mundo ilustrada basada en la segregación de la vida pública y de la vida privada en tanto que ámbito para el cuidado y la reproducción. La ciudad se ha proyectado para un individuo sano, autosuficiente e independiente en el ámbito económico, físico y emocional. Para alguien que puede desplazarse sin problemas de una zona a otra de la ciudad para desarrollar en cada una de ellas las tareas que se han proyectado. Alguien que se mueve solo y de manera pendular: de casa al trabajo, del trabajo a casa.

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Fig 4: Le Corbusier y su “Modulor”

El problema surge cuando la ciudad es utilizada por quienes no cumplen estos requisitos. Las personas que no pueden desplazarse solas porque aún no tienen la autonomía necesaria –niños y niñas- o porque ya la han perdido –ancianos y ancianas-, las personas que sufren algún tipo de enfermedad o limitación física en su movilidad, las personas que no se sienten seguras emocionalmente –bien porque tengan algún tipo de enfermedad mental, bien porque sientan miedo o se sientan amenazadas-, o las personas que se ocupan del cuidado de otras personas, experimentan la violencia de quienes no pueden desarrollar el modo de vida urbano proyectado. La violencia interior surge cuando sin embargo, se ven obligados a cumplir unas expectativas diseñadas para el sujeto histórico burgués en tanto que individuo autónomo y libre de ataduras. Desarrollar una vida profesional o laboral para quienes deben ocuparse del cuidado de los más pequeños, de las personas mayores o enfermas, o desplazarse de una zona a otra de la ciudad cuando el transporte público no está diseñado para recorridos poligonales entre áreas residenciales o con origen y destino en los equipamientos vinculados al cuidado, es una tarea imposible que genera la frustración de la desincronización del cuerpo y la ciudad.

Es obvio que hace tiempo que se conquistó un nivel óptimo de igualdad entre hombres y mujeres en el ámbito jurídico, pero el ámbito de lo doméstico y el cuidado sigue siendo desde un punto de vista estadístico, una cuestión femenina. Ya sea porque las mujeres asumen esta tarea dentro de la familia, ya sea porque se delegan estas responsabilidades en otras mujeres contratadas para ello, son mayoritariamente las mujeres las que experimentan estas limitaciones en el uso de una ciudad que ha sido diseñada por y para los hombres, aunque no sean sólo hombres los que desempeñen el rol de individuo autónomo propio de la modernidad. Obviamente también hay muchas mujeres que se desplazan pendularmente de su casa al trabajo, libres de los condicionantes del cuidado. También hay muchos hombres que cada vez más se implican en el cuidado. Pero las estadísticas siguen arrojando un porcentaje mayoritario de mujeres ocupadas en estas tareas.

  Ciudad y Género (17)

Fig 5: El cuidado (fotografía de Daniel Navas Carrillo)

El planteamiento que exponemos se desarrolla en dos vectores. Por un lado, la realidad se impone y considerar que el uso de la ciudad es igual para hombres y mujeres es no tener en cuenta las estadísticas que reflejan lo contrario. No hace falta bucear en complicados estudios para comprobar como el mayor porcentaje de personas que acompañan a los niños y niñas al colegio, a las personas mayores al centro de salud, las que caminan o utilizan el transporte público en los trayectos cotidianos entre áreas residenciales y entre equipamientos básicos, son mujeres. Desde esta perspectiva, la consideración de género se convierte en una herramienta útil de diagnóstico de los problemas urbanos, pues al analizar la problemática de nuestras ciudades desde la perspectiva de las mujeres incorporamos también la perspectiva de quienes mayoritariamente son cuidados por ellas.

El segundo vector tiene que ver con la consideración que el lenguaje tiene en el planeamiento. Lo que no se nombra no existe, y esta máxima alerta de las cuestiones que no son consideradas en la planificación. El origen científico del urbanismo y el carácter técnico del enfoque ilustrado disciplinar hizo que lo que los planificadores considerasen en sus estudios y propuestas fuese lo que podía ser nombrado y medido: estándares de dotaciones, flujos de tráfico, densidad de viviendas, altura, tipología, uso, aprovechamiento urbanístico, infraestructuras viarias, abastecimiento de agua y energía…. Todo ello es nombrado en las memorias y grafiado en los planos, y con este lenguaje es con el que se trabaja, pues es el que “existe”.

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Fig 6: Leyenda Plan Parcial Carabanchel Alto. Madrid

Sin embargo existe otro lenguaje que ha permanecido oculto por su carácter cualitativo y por su relación con la dimensión contingente y específica de cada individuo. Es el lenguaje de la inseguridad, de la limitación, de la percepción, de la relación, la identidad y el vínculo social, el lenguaje de la accesibilidad, de la violencia o del conflicto, de la paz o de la espiritualidad. Todos estos lenguajes que forman parte de nuestra naturaleza humana, no son nombrados en la planificación y por tanto, no existen en el lenguaje disciplinar.

No es posible llegar a la conclusión de la necesidad de aumentar la iluminación de una determinada calle, que por estándares de tránsito o densidad de población puede no representar un problema, si no incorporamos al lenguaje técnico el miedo que las personas que acompañan a sus hijos e hijas las tardes de invierno sienten al pasar por allí en su recorrido de vuelta de las actividades extraescolares. No comprenderemos la oportunidad de aumentar los itinerarios y frecuencias del transporte público entre barrios residenciales si no vemos la relación social entre madres que apoyan a sus hijas con el cuidado de los nietos y nietas, aunque no existan flujos comerciales o dotacionales entre áreas residenciales. No veremos el problema de inseguridad que representan los barrios residenciales de viviendas unifamiliares de alto nivel social, si no comprendemos la sensación de soledad que las mujeres del servicio doméstico experimentan cuando tienen que llegar bien temprano a las casas de sus empleadoras para que ellas puedan ir a trabajar. Calles en las que no existen ventanas, ni comercios ni áreas públicas porque la tipología dominante es la de viviendas separadas de los linderos públicos y protegidas del exterior por muros. Pasar por esas calles en coche puede no evidenciar la sensación de quien camina sola y con poca iluminación.

Todas estas cuestiones pertenecen al lenguaje que tradicionalmente ha estado vinculado a lo doméstico, a lo específico de nuestra condición y a la vulnerabilidad de quien temporal o continuamente requiere del cuidado de otras personas. Todas estas cuestiones son las que, aún hoy, son mayoritariamente asumidas por las mujeres.

Así pues, frente a un debate polisémico en el que se entremezclan los lenguajes de la reivindicación, el pensamiento y la experiencia por un lado, y el lenguaje técnico, científico y normativo por otro, la definición de las coordenadas desde las que podemos abordar y proponer soluciones al problema urbano se revela como una tarea fundamental que es necesario evidenciar. Sólo así será posible superar los problemas de lenguaje y comunicación para abordar el auténtico problema: la dificultad de la vida contemporánea en la ciudad.

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Fig 7: La ventana (fotografía de Susana García Bujalance)

 

NOTAS:

(1) Como aportaciones principales hacemos referencia a dos contribuciones fundamentales. Desde el ámbito europeo la más relevante fue en este sentido la de Simone de Beauvoir, novelista y filósofa francesa. Escribió ensayos, novelas, biografías y monográficos sobre temas políticos, sociales y filosóficos. Su pensamiento quedaría enmarcado dentro del existencialismo y entre sus obras más importantes como “El segundo sexo” marcaría una referencia imprescindible como elemento fundacional del feminismo. Desde el ámbito anglosajón hacemos referencia a la del psicoanalista Robert Stoller que elaboró conceptualmente el término “género” en su libro “Sex and Gender” en 1968, abriendo paso a las investigaciones posteriores que remarcarían la diferenciación entre género y sexo.

(2) Judith Butler, filósofa post-estructuralista, actualmente ocupa la cátedra MaxineElliot de Retórica, Literatura comparada y Estudios de la mujer, en la Universidad de California. Sus investigaciones han contribuido a la configuración de la Teoría Queer. Autora de innumerables obras sobre la cuestión, entre las que destacamos “El Género en disputa. Feminismo y la subversión de la identidad” (1990) y “Cuerpos que importan. El límite discursivo del sexo” (1993).

(3) EveKosofsky, pensadora especializada en los campos de los estudios de género, estudios queer y la teoría crítica. Su obra recibe directamente la influenciada de autores y corrientes como Michel Foucault, Judith Butler, el feminismo, el psicoanálisis y el deconstructivismo.

(4) John Money, profesor de pediatría y psicología médica en la Universidad John Hopkins desde 1951. Considerado como el primer miembro de honor de la Asociación de Sociedades de Sexología (AEES) y un gran investigador en temas de género y sexología. Para Money la identidad de género es neutra en el nacimiento y primera infancia y está determinada por los genitales y la crianza. Money acuña los términos rol de género e identidad de género: Según este autor, la identidad de género es la afinidad, unidad y persistencia de la individualidad de uno mismo como hombre o mujer, en mayor o menor grado, ya que es experimentada en la conciencia y la conducta. El rol de género es todo lo que una persona dice y hace para indicar al ego el grado en que uno es masculino o femenino (o, raramente, ambivalente); incluye, pero no se restringe, a la excitación y respuesta sexual. La identidad de género es la experiencia privada del rol de género, y el rol de género es la manifestación pública de la identidad de género.

(5) En este sentido, se han presentado conclusiones de investigaciones en diferentes conferencias, artículos y congresos, de los cuales los más significativos son:
• “Mujeres y hombres del siglo XXI: Retos del feminismo” celebrada el día 15 de noviembre de 2012 organizadas por la Cátedra Leonor de Guzmán de la Universidad de Córdoba, bajo el título “Los talleres “Ciudad y Género” como experiencia de participación ciudadana”, siendo publicada en las actas con ISBN: 978-84-695-4732-8
• “Mujeres y hombres del siglo XXI: Retos del feminismo” celebrada el día 15 de noviembre de 2012 organizadas por la Cátedra Leonor de Guzmán de la Universidad de Córdoba, bajo el título “La perspectiva de género en la arquitectura y el urbanismo: una reflexión crítica sobre el enunciado”, junto con la arquitecta Atxu Amann Alcocer, siendo publicada en las actas con ISBN: 978-84-695-4732-8
• “Ciudad en Construcción” celebradas los días 25 y 26 de octubre de 2012, con una duración de 23 horas y organizadas por la Gerencia Municipal de Urbanismo del Ayuntamiento de Málaga bajo el título “El proyecto de reurbanización de la carretera de Cádiz: una aproximación metodológica”
• IV Congreso Universitario Nacional “Investigación y Género” durante los días 21 y 22 de junio de 2012, junto con la profesora de la Escuela de Arquitectura de Sevilla, Lourdes Royo Naranjo, bajo el título “La perspectiva de género en el urbanismo: una aproximación conceptual adaptada”.
• III Congreso Universitario Nacional “Investigación y Género” durante los días 16 y 17 de junio de 2011, junto con la profesora de la Escuela de Arquitectura de Sevilla, Lourdes Royo Naranjo, bajo el título “Planificación y experiencia docente en materia de urbanismo y perspectiva de género en el grado de Arquitectura”.
• “Mujeres del siglo XXI: Retos para el feminismo” celebrada el día 4 de abril de 2011 organizadas por la Cátedra Leonor de Guzmán de la Universidad de Córdoba, bajo el título “La carretera de Cádiz: una aproximación desde la perspectiva de género”.
• Análisis de la Perspectiva de Género en la Transferencia de los Resultados de la Investigación. Investigación realizada junto con la Doctora Lourdes Royo Naranjo, se incluyó en la Línea 2.B.11 de la Convocatoria de Ayudas para la realización de estudios previstos en el I Plan de Igualdad de Género de la Universidad de Sevilla e implantación de medidas 2011.
TRABAJOS CITADOS:
Amorós, C. (2000). Tiempo de feminismo: sobre feminismo, proyecto ilustrado y postmodernidad. Madrid: Ediciones Cátedrra.
Choza, J. (2009). La estilización del cuerpo y de la tierra. Euclídes y Praxíteles. Fedro: Revista de Estética y Teoría de las Artes (8), 59-83.
Sloterdijk, P. (1994). En el mismo barco. Madrid: Siruela.

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